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Los Comics Japoneses y la Prueba de Amor

¿Sobre qué principios se puede construir la identidad masculina? Aunque no nos guste somos hijos de nuestra cultura y de nuestros mitos, y entre nosotros se acostumbra que los hombres exhiban su virilidad y que siempre se apeguen a un principio de masculinidad básico. Ese principio, pocas veces declarado, consiste en lo siguiente: “En cualquier situación que ofrezca desafíos, todo hombre lo aceptará y tratará de salir victorioso”.
  Competir para ganar, no tanto por ambición  sino para consolidar una identidad que desde pequeños,  y cuando adolescentes se nos mostró , y se estimuló a que la asumiéramos; así competimos con otros pero, especialmente, con nosotros mismos: un “flacuchento” practicará con sus pesas  para ganar físico, otro –con demasiado físico- jugará al fútbol Los comics japoneses muestran ciertos ideales humanos en sus personajes.todo los fines de semana (y nada sacará su esposa recordándole que ya no es tan joven ni tan esbelto). Ese que está jubilado asombrará a su familia con la decisión de volver a estudiar ¿para qué, de qué te servirá? , para mucho, para demostrarse que es todo un hombre y que ésta es su última  empresa, como si John Wayne  cabalgara denuevo. A los cincuenta, aquél tomará la decisión de dejar el auto y andar en moto, el de más allá se volverá definitivamente vegetariano y otro, “irresponsablemente “ según sus cercanos, cambiará un trabajo seguro   por los pinceles y el arte.
  Eso somos los hombres , ni tan serenos siempre, ni los niños grandes que dicen nuestras mujeres, pues tras esa niñería hay un propósito más profundo: un varón que insiste en cambiar sus propias llaves sin ser gásfiter o en hacer una mesa sin ser carpinteros,  no está siendo un niño porfiado, está mostrando un mensaje absolutamente nítido: “Soy capaz y lo puedo hacer”, es una nueva habilidad que regala a sus hijos, padres, pero sobre todo a sus esposas, novia, hermana,  madre y a todas las mujeres.
  Son las mujeres las principales examinadoras de nosotros. Cualquier mujer orgullosa con nuestra habilidad física , intelectual o espiritual, confirma nuestra identidad varonil, por eso cuando cualquier mujer se queja porque la llave gotea más o la mesa cojea luego de nuestro arreglo, nos descalifica. Que mejor premio que una mujer orgullosa de nosotros . Los varones, si de nosotros dependiera, viviríamos la vida como una película siendo cada uno el “jovencito”, más claramente, tenemos vocación de héroe y, por tanto, necesitamos héroes como modelos.
  Si nuestro trabajo es trabajar con papeles en un escritorio, o nuestra vida se desmiga ante una pantalla, si envejecemos en una existencia sin relieve, por  mucho que nos quieran, si volvemos a casa con paso cansino y balanceando un maletín no proyectamos ninguna imagen de héroe. Pero tenemos necesidad de ellos, y encontramos sucedáneos, y nos identificamos con modelos que todos encuentran adecuados para hombres; el fútbol en primer lugar. Allí hay adrenalina, competencia, ímpetu,  y un resultado a obtener, “bienaventurado el hombre pelotero cuya mujer ama el estadio, la angustia del último momento, la embriaguez del gol y el éxtasis del pitazo final cuando ganó nuestro club; él ya vive en el reino de los cielos.
  Al que comprenden y respetan por ser bombero, por ser jefe scout  e ir a   acampar, al político, al dirigente vecinal o al ministro de su iglesia, que lo da todo , tiempo y dinero , a cambio de puro sacrificio, esos son héroes, que templan su carácter en el estoicismo, en la caridad, en la entrega o en el servicio. Pero está el que enchuecó el camino: el que compite para beber más, el “trabajólico” o un profesional de la seducción que mide sus logros por el número de conquistas  -a costa de mentir a veces- y no del amor que siente (porque el amor es un acicate para grandes empresas: “yo por ti haría cualquier cosa”, me he sorprendido yo mismo diciendo).
   En todo caso, un hombre  sin desafíos se aburre, pierde identidad, no sabe quien es: es la depresión. Un hombre es “ñeque”, empuje, y “choreza” no sólo física, también es virtud, es espíritu, trascendencia y capacidad de darse, es al final amor. En verdad, todo varón sólo busca una oportunidad para que comprendan como él sabe amar, de qué porte es su amor y de lo que podría mover ese sentimiento. Pero ser varón no está de moda, por ello no tenemos héroes.
  Un niño que no tiene héroes a su alrededor los saca de la televisión, y los obtiene en su versión más dura, con violencia. Son Gokou, hoy ídolo de muchos jóvenes.Creo que la fascinación de niños y niñitas sobre los “cómics” japoneses se basa en que los estereotipos de héroe son muy nítidos, héroes masculinos burdos (Goku) para niños suavizados, arropados y formados por madres , educadoras, profesoras básicas, nanas y tías -puras mujeres- y para niñitas audaces después del feminismo, violencia simbólica y una pizca de crueldad (Sailor Moon) lo justo para domesticar al varón.
  Si no hay un árbol donde subir, ni un parachoques de micro donde colgarse, ni circo al que entrar levantando la carpa, si ya no me expulsan si salto la reja del colegio (pierde el colegio cuando falto), si la rebeldía se traduce como problemas emocionales, si la “cimarra” no tiene más importancia que ganarse unas sesiones de psicopedagogía. Si colarse al cine para ver películas picantes es para la risa porque hay más y mejor pornografía en Internet y si hasta los padres están asustados  y castigan para que no los acusen de maltrato infantil, si vemos que el menor que roba y mata queda en libertad, por qué extrañarse  que los niños gusten de los “cómics” violento, al menos allí todavía los buenos  son un poco buenos y los malos son un poco para la risa y permiten que los buenos prueben su valor.
  Los “cómics” o “mangas”  no son malos, todavía más, educan a los varoncitos en ausencia de héroes. Más tarde, al igual que quienes leíamos el Llanero Solitario o a Superman, serán algo más que un simple macho: combinarán pensamiento y emociones, serán agresivos y generosos, solitarios y receptivos, sociables y agresivos, y  por siempre niños peroDragon Ball, éxito absoluto en las pantallas chilenas también adultos casi con sabiduría de viejo. Le cumplirán a la cultura y serán buscadores de confianza y una buena identidad y serán bastante autocontrolados.
  Entonces, la verdadera prueba de amor en estos tiempos, por supuesto, no es de naturaleza sexual. Se trata de que los hombres somos vacilantes y eso a las mujeres les molesta  mucho.
  El modelo masculino subraya la audacia, la vida como un juego  (el fútbol, los naipes, subirse antes a la micro, bajarse sobrecorriendo, entrar sin pagar, etc.) de ahí que jamás planifiquemos mucho -vamos a ir donde la Fulánez-, -no sé- contesta el varón, - tenemos que arreglarnos-, -hay tiempo todavía-, -de lo contrario prepararé comida-, -como quieras-, -cómo que como quieras, decide tú qué vamos hacer-.
Este diálogo tendrá una decisión en el último momento, y quizás no vayamos ni donde los Fulánez, ni comamos en casa, y el varón no entenderá el mutismo de su compañera, la mirada de indignación ni su gesto torvo cuando decidió ir al cine e ir a comer enseguida pizza, sobre todo que es tan entretenido. Pero la mujer hierve de rabia por la incapacidad  del hombre de decidir a tiempo y que no es capaz de expresar claramente lo que quiere, siente y piensa.
  Pero a veces los varones nos volvemos lúdicos y nos baja la inseguridad, entonces queremos que nuestra compañeras nos confirmen todo.  A tiempo y a destiempo preguntamos. Y ello es paradojal, ya que al intentar ser delicados  y llenos de consideración mostramos poca confianza en nosotros e inseguridad. Así las mujeres se extrañan de nuestras inoportunas  interrogaciones, “gozaste”, “te gusta el tipo que llegó a vivir al edificio”, “estás celosa de mi amiga de oficina”. Y nos encontrarán pueriles y confesarán a sus amigas que  uno es un hijo grande. Y no sabemos qué hacer, porque se nos exige tener todo claro y ser seguros, pero al mismo tiempo dejar fluir nuestros sentimientos (en lo posible hasta el llanto) y aceptar nuestro lado femenino; estamos sumidos en la estupefacción y nos volvemos mudos.
  Pero un día, llenos de tensión y solemnidad, damos un paso audaz y preguntamos directa y claramente. Cuándo se espera de nosotros una cosa y cuándo otra. Una respuesta posible es: “Mi amor, si estamos bien, para que te complicas, no desaproveches estos momentos, no seas tan racional ni quieras entenderlo todo, vive el amor”. El resultado será  un hombre que, retirándose  con su psiquis “apaleada”   no preguntará más.
  La otra posibilidad es la “prueba de amor”, la verdadera, esa que consiste en escuchar, ponerse en el lugar masculino e intentar contestar lo que se preguntó. Una mujer así ama de verdad y no lesionará la masculinidad contestando que esas preguntas son inapropiadas  o innecesarias. La mujer amorosa sabe cuidar la identidad varonil.

por Rodrigo Larraín