La imagen de Jesucristo coronado de espinas fue un tema recurrente
en la pintura durante varios siglos. Hoy, en cambio, predomina una tendencia alejada de
aquellos tópicos bíblicos. Sin embargo, la democracia chilena en su estado actual bien
podría oficiarlas de musa inspiradora para algún artista confesional. Sus menudencias y
particularidades la convierten en el Ecce Homo de las democracias actuales, puesto que no
hacen más que adjudicarle un aspecto lastimoso, de final triste.
Y de espinas, vía crucis y cojeras tenemos para contar. Sin ir
más lejos, el pasar político actual de nuestro país, que algunos con mucho arrojo
llaman "democrático", sienta sus bases ya en una espina: la Constitución de
1980. Es decir, este cuento
populista huele mal desde sus estructuras. Si hay
algo consustancial a la democracia es la participación, pero la participación
comprometida, consciente, decidida. Por cierto, la Carta Fundamental del 80 no fue
concebida para promover esto, aun cuando su aprobación fue consultada en un plebiscito
"abierto". Pero "abierto" no es lo mismo que "libre"; de
hecho, declararse opositor en esos años podía costar la vida.
Entonces, una democracia que descansa en el lecho del
autoritarismo puede como lo hizo un político hace un tiempo- ser acusada del delito
de "falsificación ideológica", es decir, de haber nacido con una misión y
objetivos que hoy no está cumpliendo. Cierto es que del término de la lógica de los
fusiles sólo han pasado diez años, pero esto no es argumento suficiente como para
justificar situaciones que avergonzarían al helénico Pericles más allá de si son o no
licencias que nos permite el relativismo posmoderno: senadores designados, uno vitalicio,
los cabecillas de las fuerzas armadas rugiendo con la misma fuerza que el presidente, el
sistema binominal
Y así, suma y sigue.
Lo cierto es que los líderes políticos que encabezaron la
Concertación que derrotó a Pinochet no fueron capaces en su momento de cristalizar o
manejar con firmeza la negociación necesaria para echar a andar una democracia de verdad.
Las enmiendas hechas a la herencia legal indeseada que recibimos de la dictadura, hechas
en julio de 1989, no eran como escribe Escalona en su libro "Una Transición de
dos Caras"- la única salida posible.
Parece ser que a los caballeros del arcoiris se les agudizaron
las ansias a raíz de la larga espera. Antes de agotar todas las posibilidades que
emergían del resultado del cinco de octubre del año anterior, la Concertación se
apresuró en cerrar el negocio con el socio
mayoritario antes de perderlas todas. Y ese fue el capítulo de las reformas
constitucionales, las cuales, más que afirmarle el tranco, dejaron cojeando a la
democracia chilena hasta hoy. Punto para la representación criolla del cuadro bíblico.
No obstante, tales vicios estructurales no justifican el actuar
de algunos personajes, sobre todo de aquellos que alguna vez levantaron las banderas
-incluso el dedo índice- en contra del régimen militar. Ni el más preclaro de los
oráculos habría intuido siquiera que Pinochet caería preso en Londres y que aquel
exilio metamorfoseado iba a ser indefinido. Pues bien, este tema ha hecho notar claramente
otra de las espinas de esta democracia infante que venía clavada desde el momento de
nacer, los derechos humanos, y de paso ha convertido a nuestros democráticos
líderes en defensores de una causa que alguna vez consideraron perdida. Con el ex
dictador recluido, los odios de siempre renovaron aires, pero lo más increíble ha sido
presenciar el discurso de aquellos que otrora se definían a sí mismos como
"marxistas". Estos mismos andan ahora enarbolando las mil y una excusas para
traer de vuelta al enemigo número uno de nuestra "democracia": Augusto
Pinochet.
Lo que estos señores no entienden o no quieren entender es que
Pinochet -quien primero traicionó al que le otorgara la confianza para dirigir al
Ejército, Salvador Allende, luego
ordenó la matanza de buena parte de sus
compatriotas, y hace poco quiso enseñarnos cómo se juega a la democracia sentado en el
senado- y las personas como él son un peligro tanto para Chile como para el mundo; son un
peligro para la humanidad. La envergadura de la contingencia ha motivado la intromisión
de varias voces proponiendo salidas al problema de los derechos humanos. Unas más
criteriosas que otras, claro.
Sin embargo, muchos insisten en sacar la espina y hacer como que
nunca hubo tal. "Solución final", le llaman, cuando lo que pretenden es imponer
una amnesia histórica. Una nación democrática no puede sino sustentar los principios de
verdad y justicia, y estas propuestas cupulares están desprovistas de esas demandas
básicas. Quien sabe cuánto tiempo más nuestra aún joven democracia deberá cargar con
esta cruz. Otra buena razón para inmortalizarnos en un óleo patético.
Un álbum de un conocido grupo de rock nacional se titula:
"Cambian los payasos, pero el circo sigue". Y en diciembre vienen las elecciones
presidenciales. Hace poco se zanjó la disputa por el poder dentro de la Concertación,
así es que el "gallito de pelea" de la derecha, Joaquín Lavín, pudo verle por
fin la cara a su oponente más duro: Ricardo Lagos. Pero, ¿qué es lo que el
"cosista" puede ver en estos momentos? Seamos concretos. El otrora
"marxista", después de diez años quedó a la cabeza de la Concertación
-incluso opacando al mismísimo Presidente Frei- con un discurso tan progresista como el
de su oponente. Es decir, "ni chicha ni limoná". Por lo mismo, si existen los
desubicados políticos, entonces son aquellos que andan diciendo que Lagos es sinónimo de
Unidad Popular. Y la derecha no lo hace nada de mal. De hecho, Lavín, Opus Dei de tomo y
lomo, salta aquí con los mapuches en una ceremonia, duerme allá
en saco de dormir con jóvenes
de su comuna, pero evade hablar del divorcio o de los derechos humanos. Según Lavín,
"esos temas dividen a la gente" y, por supuesto, él no quiere eso.
Pero no se las llevarán peladas. Siendo éstos los candidatos
con más posibilidades de ingresar a La Moneda por la puerta ancha, les espera una tarea
difícil: adecuar la promesa de construir una democracia más digna con la realidad, o
sea, un sistema más híbrido que el propio Gonzalo Cáceres.
Si, como decía un amigo, la política define la vida, el
decidirse entonces por tal o cual forma de llevar los asuntos que conciernen a los
Estados, si por esto o por algo parecido entendemos la política, trasciende este mismo
plano y redunda finalmente en una actitud de vida, en la adopción de ciertos valores y no
de otros. Y optar por un Estado democrático supone de igual modo el sustento de valores
como la verdad, la justicia y la equidad, entre otros. Estas son precisamente las nociones
que deben guiar nuestra autocrítica y movernos a dejar nuestro aspecto de democracia
enferma, lastimosa, si no queremos aparecer ilustrando a todo color la galería de los
sistemas que murieron en el intento.